Black Mirror, ¿brújula moral o serie prospectiva?

Puede que Black Mirror sea una de las series más influyentes de los últimos años. Desde el capítulo piloto desató una ola de entusiasmo y de seguidores como pocas han logrado y cada nueva temporada, o capítulo de Navidad, ha estado antecedida de un gran entusiasmo y esas campañas de publicidad que realizan los mismos aficionados a través de las redes sociales.

Sin embargo, en la segunda temporada pudimos ver cómo la calidad de la serie decaía. Siguió abordando dilemas referentes a las nuevas tecnologías con algo de mala leche, pero la frescura e innovación perdieron fuerza, tanto que probablemente no hubiese logrado una sombra de su éxito en caso de estrenar esos capítulos sin tener conocimiento de la temporada anterior. Ahora, con la tercera, la transformación de la serie en un producto menor parece evidente.

A riesgo de pecar de brevedad, al fin y al cabo quienes lean este texto ya habrán visto la temporada y tendrán su propia opinión formada, voy a comentar los nuevos capítulos con un par de impresiones.

Caída en picado y Odio nacional hablan de la sumisión y el peligro de las redes sociales, como nuestra identidad se extiende al mundo digital y la ambigüedad con que las tratamos a pesar de su importancia. Ambas son fábulas con fuerte moraleja que caen en la obviedad pronto: si en el primer tercio de Caída en picado ya sabemos lo que pasará durante el resto del capítulo, con Odio nacional se tiene la sensación de estar escuchando la voz de los creadores lanzando avisos excesivamente evidentes sobre lo que nos quiere trasladar.

A Playtesting y La ciencia de matar se los puede ver como dos episodios de transición, yo los llamo episodios Más allá del límite, en honor a la serie que veía en mi infancia y sin ningún ánimo despectivo. Disfruto de las historias relativamente sencillas que me provocan un par de preguntas y en los que puedo evadirme sin preocupación. Son pequeños juegos sobre realidades que no presentan ninguna novedad sobre otros productos que hayamos encontrado otras veces. Quizá a La ciencia de matar se le pueden sacar más mensajes, pero tampoco lo veo necesario visto lo poco sutil que es habitualmente Charlie Brooker.

Cállate y baila es prácticamente una película de acción, es Crank: Veneno en la sangre, solo que en vez de a Jason Statham tenemos a un pardillo adolescente chantajeado gracias a un vídeo que le graban a través de la webcam del ordenador. Una buena producción y un rato agradable en el que es imposible aburrirse. Quizá la historia con más mala leche de todas.

El episodio que más parece haber gustado es San Junipero, también el más norteamericano de todos. Una narración nostálgica, tierna, algo pomposa y que se convierte en rara avis dentro de la serie. La historia de amor ha emocionado a muchos y hay motivos para ello. Las interpretaciones son de calidad y el capítulo está repleto de interesantes detalles. Además, la buena realización hace olvidar los primeros quince minutos en los que apenas sucede nada.

En definitiva, seis capítulos en vez de tres, con producción muy norteamericana y varias cuestiones que pueden plantearse. La primera de ellas está en buscar el propósito de la serie: si esta mantiene seguidores muy pasionales, también hay muchos que han dejado de seguirla por su excesivo contenido moral. El doble juego entre su valor prospectivo y el de brújula moral es complicado de mantener y Brooker ya se perdía en muchos momentos de la segunda temporada. Personalmente, me quedo con la mirada prospectiva y el humor negro que a veces se incluye en los capítulos. La pérdida de frescura me parece demasiado patente y me conformo con que se centren simplemente en entretener al espectador, que no es poco.

La producción de Netflix también ha abierto camino a transformarlo en un producto distinto con un cambio de duración: esta tercera temporada de Black Mirror cuenta con unos quince minutos más por capítulo. Es uno de los motivos por los que no me acerco a algunas series españolas, en una extensión tan larga es muy complicado mantener el interés dentro del paradigma televisivo. La contundencia de las historias de 42/45 minutos se diluye al alargar la extensión de los capítulos.

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Consecuencia de este cambio y del prototipo de serie parte el tema presupuestario. Como bien sabemos, existe un dilema que parece salpicar a la mayoría de canales, quitando HBO y poco más: la inversión que se otorga un producto tiene que verse recompensada en el número de espectadores que acceden a ella. Y a mayor amplitud de espectadores objetivos, menos riesgo en la propuesta. Que el capítulo piloto siga siendo el más conocido por todos y probablemente el mejor puede que sea porque es donde mejor se consiguió la que debía ser la perspectiva de la serie, ahora parece complicado que veamos algo tan subversivo y críptico. Durante algún momento de cada capítulo de esta nueva temporada no sabemos bien lo que está ocurriendo, pero son meros misterios que no dejan huella al saberse la resolución. Lo mismo ocurre con los mensajes demoledores en cuanto al uso de las nuevas tecnologías, parecen quedarse en simple fogueo.

Todo eso me recuerda al final del capítulo de la primera temporada Fifteen Million Merits, cuando el protagonista accede al concurso televisivo de talentos gracias a la amenaza de suicidarse en directo y tiene tanto éxito que pasa a ser personaje habitual y repite el paripé noche tras noche. Se podría decir con algo de mala uva que ahí está el valor prospectivo de la serie, ya que Black Mirror se ha transformado en ese personaje. Al inicio de cada capítulo amenaza con descubrirnos un nuevo concepto que hará explotar nuestra cognición de la realidad del siglo XXI, pero nosotros sabemos que no, que ha perdido ese poder.

ekaitzortega(arroba)gmail.com

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