El inspector, de Nikolai Gogol

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Hay obras complicadas de analizar sin conocer su contexto histórico. A día de hoy, si se estrenase El inspector no creo que destacase demasiado. Analizada desde una mirada actual, no pasa de ser una obra de enredo que denuncia la hipocresía de la sociedad.

Esta obra teatral llevó a la fama a Nikolai Gogol en 1836, al tiempo que le empujó a emigrar a Italia por la polémica creada. En El inspector se habla de un pequeño pueblo ruso donde salta el rumor de que un inspector del Imperio va a ir para comprobar el estado y funcionamiento del lugar. El corregidor y el resto del funcionarios, asustados ante lo que podría ocurrir en caso de ser descubiertos sus chanchullos, buscan al supuesto inspector con desesperación, tanto que piensan que es un joven que se aloja en una pensión desde días atrás. Este joven es un buscavidas que no duda en aprovecharse de la repentina hospitalidad con la que se ve agasajado, incluidos préstamos de dinero y atención de las mujeres.

No parece especialmente original, incluso conociendo el estado de nuestro país, podría ser una obra patria donde se muestra la corrupción e hipocresía española. Pero quizá ahí está el acierto del genio ruso, en lo fino que apunta y el indiscutible acierto para retratar a los personajes universales que pueblan la obra.

Si El inspector me ha gustado, la parte más interesante del tomo editado por Alianza es el apéndice titulado A la salida del teatro después de un estreno. En esta pieza, que podía darse tras el estreno de El inspector o cualquier otra comedia, el autor sale del teatro antes que el público con idea de escuchar las opiniones y comentarios sobre su trabajo.

Las opiniones del pueblo ruso son contradictorias, en principio parecen contentos, hasta que aparece un literato y dice que tampoco es para tanto, momento en el que todos cambian de opinión. También se leen los comentarios de unos espectadores con conocimientos artísticos que desgranan la obra con cinismo y largos monólogos; dos hombres elegantemente vestidos se preguntan por qué les puede interesar a ellos saber que en algún lugar de Rusia hay gente corrupta; otra mujer comenta por qué no escribirán sobre personajes más atractivos, tal y como hacen los franceses, Dumas, por ejemplo.

Nikolai Gogol le otorga al texto el punto adecuado de sorna y desgrana con cinismo lo que significa representar en Rusia. Estas últimas 54 páginas son casi tan interesantes como la obra teatral, y, para mí, mucho más divertidas.

(Entrada publicada el 18/05/2014 en mi anterior blog)

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