Las líneas de tu cuerpo

En 2012 el Colectivo de Ilustradores Canarios publicó un fanzine colaborativo llamado Trazos Viajeros. En él aparecían distintos relatos con espacios intercalados para que pudiese ilustrarlo quien quisiese. Fue una bonita y fugaz iniciativa para la que me pidieron un texto. Bajo la temática y las características que me comentaron, esta fue la pequeña historia que envié y que tras cuatro años he decidido rescatar.

 


 

Las líneas de tu cuerpo

Adoro tu cuerpo herido, sueño con las líneas que lo crean dibujando tus apetitosas dimensiones. Aunque hayas perdido esa redondez tan graciosa que se han llevado los vicios indecentes. ¿Te acuerdas de cuando eras una post-adolescente que entraba en el mundo laboral? Con esa risa explosiva que te acompañaba. Más de una vez tuve que bajar la mirada en algún bar. Qué tonto era. Hasta me intimidaba la sonora carcajada que aportabas tú misma a las anécdotas que narrabas. Siempre supe que había algo oscuro en ti. Las semanas en las que te negabas a salir de casa y no cogías el teléfono. Las disfrazabas de gripes o problemas estomacales, pero tus ojos pedían auxilio y gritaban que mentías. Lástima que nunca te dejases manejar. Es una pena que nunca quisieras oírme. Cuando murió tu padre y empezaste a perder todos esos kilos, la época en que me cruzaba contigo de copas por la noche o a la mañana al ir a trabajar mientras  volvías de algún bar, ni entonces me escuchaste. Me hubiese gustado poder sentarme en aquel salón tan luminoso que tenías y hablar contigo. Pero fui cobarde, te hubiese dicho cuánto te quería y que, si tú decías que sí, me iría a vivir contigo y te abrazaría cada noche. Hubiese dibujado cada costilla que se te marcaba en la camiseta, las rodillas curiosamente anchas para estabilizar tus piernecillas, el cuello largo y tan estético, los pómulos hundidos y las ojeras que disimulabas bajo las anchas gafas que arrastrabas hasta en los días de lluvia. Mi corazón podía relinchar en deseo y, si te veía y no te quedabas conmigo, me iba a casa con la mirada en el asfalto y las ganas de llorar que nunca se cumplían por culpa de mi orgullo. Daba lo mismo que todos supiesen de mi amor. Un amor puede ser no correspondido y mantenerse intacto. Si mi empresa hablaba de mandarme a otra ciudad, el primer pensamiento era que allí no estarías. Nunca sabrás los años que he pasado pensando en ti, en el juego de tus movimientos y las suaves curvaturas que se formaban en la ancha camiseta veraniega cuando la brisa de la playa se adentraba en nuestra ciudad y la hacía bailar. Sólo sé hacer tres cosas en la vida: querer, dibujar y superar el tiempo que trata de abatirme. Quizá hayas sido consciente de ello y tu castigo heredado evitó que te encapricharas de mí, porque sabías que acabarías por hacerme daño. Da igual, tu locura nunca me importó lo más mínimo. Soy así, no me gusta hablar de ello porque sé que nadie lo entendería. Y ahora estoy en esta acera, rodeado de extraños a los que apenas conozco de vista. He conseguido llegar a la primera fila y en este momento soy yo el que se esconde tras unas gafas. Pero no voy a llorar. Hasta ahora, en este momento, sólo deseo tener una tiza en mis manos, ser el afortunado dibujante que traza las líneas de tu cuerpo herido tras volar desde el tercer piso.

ekaitzortega(arroba)gmail.com

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