Solar y la incorrección política

Hay libros que nada más cerrarlos sabes que no volverás a ellos, lecturas que has terminado por pura inercia y que lo normal será olvidarlas en unos meses o recordarlas con cierta pereza. Algo parecido me ocurrió con Solar. La crítica fue tan entusiasta antes de su publicación como discreta tras la aparición en las librerías, uno de esos detalles que te hacen saber cuándo se ha publicado un libro que no pasará a la historia en ningún extremo de calidad, sino que será recordado como una obra más de Ian McEwan.

Solar narra una etapa de la vida del protagonista, Michael Beard, un científico en horas bajas que ha fracasado en sus cinco matrimonios, sufre una carrera profesional en decadencia y se ha transformado, si no lo era antes, en un despropósito andante. Es un ridículo egoísta, ególatra, infiel y mentiroso que trabaja en el sector de la energía fotovoltaica y que logra mantener su elevado ritmo de vida gracias a las conferencias que ofrece.

El motivo por el que ha vuelto a mi cabeza este libro surge de uno de los hilos narrativos que se cruzan en la vida de Michael Beard, cuando en una conferencia es preguntado por el bajo número de mujeres científicas y él ofrece una enrevesada y algo cínica respuesta que, aparte de ser insuficiente, es malinterpretada por una asistente. Minutos después, esta mujer se pone ante las cámaras de televisión para llamarle machista, nazi, pro-eugenesia y otros insultos. A partir de ese momento su vida decae todavía más, es defenestrado, sufre sabotajes e insultos, problemas laborales, etcétera.

Este parece ser un tema que preocupa a muchos hombres en los últimos tiempos: la pérdida de libertad para hablar de temas conflictivos sin que sus palabras sean malinterpretadas. No me refiero a casos llevados al extremo, sino de personas –sean ciudadanos normales, artistas o políticos- que se sienten cohibidos. En España ya sufrimos una avalancha de quejas en la época de Zapatero con algunas medidas por la igualdad de sexos. Y ahora en las redes sociales hemos podido ver artículos en los que se habla de una supuesta infantilización de la sociedad. Se dice que ya no se puede ser políticamente incorrecto, o que “estamos en una generación de blandengues” según Clint Eastwood. En una sociedad cada día más abierta, en la que algunos colectivos van alcanzando la oportunidad de tener voz –recordemos que muchos no gozan de este privilegio- y en la que existen toda clase de productos de ocio que tratan cualquier perspectiva, dicen que ya no hay lugar para lo políticamente incorrecto.

Pero Ian McEwan es hábil en el manejo de esta situación tan absurda. Presenta al personaje como un fracasado ante cualquier relación sentimental que casi es devorado por un oso polar cuando es incapaz de arrancar una moto de nieve (¡!). Es un hombre que sueña con ser un donjuán, un científico que vive de la nada, un fantoche que se esconde bajo el cinismo… en definitiva, un hombre que ha perdido un poder que nunca tuvo como líder de la sociedad, aunque quizá lo hubiese tenido décadas atrás.

La incorrección política es un tema que parece preocupar mucho a un perfil concreto de persona que piensa que los demás no captan sus ideas o que se les impide expresarse con libertad. Dicen que el mundo ya no está hecho para rudos hombres blancos que saben lo que es la vida, que ahora ya no se guarda etiqueta, se va en bicicleta por la ciudad, personas del mismo sexo se besan en la calle o hay quien llama arte a los videojuegos. Gente que en el camino hacia la igualdad entre hombres y mujeres se detiene a mirar el uso gramatical en vez de entender que estamos en una fase de regulación social. En definitiva, personas que se han quedado atrás; o peor aún, que en vez de ayudar en una época de avance, patalean y piensan que les han robado privilegios.

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