La lucha contra el destino: La flecha del tiempo y El año del desierto

Conversando el otro día con gente aficionada a la literatura y a la creación artística nos preguntamos cuál es nuestra obsesión principal, el tema que mueve las ficciones que más nos interesan. Yo respondí que el tiempo en general. No me alargaré en los motivos para no ir hacia otros derroteros, pero sobre esa pequeña gran obsesión he leído dos libros en el último mes: El año del desiertoLa flecha del tiempo. No ha sido una lectura casual, me apetecía ponerme con ambos a la vez, aunque debo reconocer que ha sido una experiencia algo perturbadora.

El año del desierto es una novela del escritor argentino Pedro Mairal de la que nadie me ha hablado nunca, para mi asombro tras la lectura, aparte de su editor. El libro es una regresión desde la actualidad empujada por un concepto abstracto como la intemperie que avanza por la ciudad y que nadie sabe exactamente qué es, o no se dice, pero provoca grandes cambios. Al principio estos cambios empujan a que se desestructure la realidad y los habitantes de Buenos Aires se encierren en sus edificios, donde se forma otro orden social, se invierte y disuelve cualquier papel existente y se crean aldeas. La arquitectura y los conceptos de urbe son parte importante de la narración, los edificios se unen mediante pasarelas y se crea una nueva sociedad. Pero la intemperie no cesa y prosigue su trabajo: los mairal-ano-desiertoedificios van empequeñeciendo, la dictadura renace, los derechos sociales menguan… No se detiene ahí, poco a poco vamos realizando una vuelta al pasado mientras la protagonista trata de sobrevivir, a pesar de no poder trabajar y ver mermada su autonomía por ser mujer.

Mucho más famoso es el libro de Martin Amis. La flecha del tiempo es un proyecto menos ambicioso en la narración pero casi suicida en el mecanismo literario utilizado. Para quien no lo conozca, es una vida contada al revés, desde que los médicos le despiertan en el hospital hasta que pierde la consciencia como bebé. Contada mediante un personaje que le acompaña, quién sabe si su propia psique, le seguimos a través de su proceso de recuperación física hasta poder trabajar como médico desesperado que recibe alegres pacientes en la consulta que se marchan doloridos. El amor también vuelve simbolizado en las cenizas que salen del fuego y se transforman en cartas de su mujer. El secreto de su identidad se desvela, y así funciona, en una dirección temporal inversa que retrocede línea a línea, capaz de crear pérdida de orientación en el lector. Especialmente impresionante resulta el capítulo dedicado a la II Guerra Mundial.

¿Pero cómo narrar esa vuelta hacia atrás? A quienes hayan leído El mundo contrarreloj de Philip K. Dick no les será complicado entender la técnica de Mairal, que podría haber escrito una novela de aventuras si no tuviésemos los conocimientos culturales sobre lo ocurrido al otro lado del Atlántico desde la llegada de los españoles y los cargamentos de esclavos: el proceso regresivo es identificado porque forma parte de la cultura del lector. Tras jugar al despiste durante las primeras cien páginas, una vez que se llega a la dictadura no hay vuelta atrás. Aclaro que tampoco estoy desvelando un gran secreto sobre la novela. En cambio, Martin Amis realiza un experimento narrativo que ya de inicio tiende a ser excesivo e imposible, una historia que se cuenta al revés línea a línea. Desde el principio queda bien claro de qué trata la historia, al menos en un primer nivel. Luego Martin Amis, que demuestra su calidad (¿perdida?), es capaz de incluir enigmas e historias de gran interés por medio al entender la vida como una suma de experiencias y preguntas que se convierten en hilos narrativos. El problema con La flecha del tiempo es que la historia se ve subyugada por la técnica narrativa: no pueden triunfar forma y fondo en una historia similar.

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El tiempo dado la vuelta, contrarreloj o invertido, no resulta almidonado como la película El curioso caso de Benjamin Button, no conduce a la inocencia ni a un tiempo que siempre fue mejor, aunque desgraciadamente el futuro nos arrastre hacia la enfermedad y la incógnita de la muerte. Mairal lleva bien dentro la máxima de que aunque el presente no es bueno, cualquier tiempo pasado fue peor, más cruel y enfermizo. No estamos preparados para vivir en la bestialidad que fue nuestro pasado, la civilización ha adormilado los instintos y las manos de piel suave no aguantarían la intemperie. Martin Amis plantea una suerte de inversión en la que el retroceso tras la muerte guarda similitudes con el crecimiento desde el nacer: la vuelta a recuperar movilidad, los huesos cada vez más resistentes, el cuerpo que gana en fortaleza hasta permitir realizar deporte… La vida florece con la lentitud de las décadas hasta que ser bebé es olvidar con delicadeza y no sentir nostalgia de momentos que en realidad nunca hemos vivido. Pero no todo resulta tan sencillo, por supuesto, los traumas van del conflicto a la lenta resolución y la sensación de haberlos sobrellevado mejor, pero hay un continuo sentimiento que roza lo religioso: al eliminar el dolor y vivir esa vida inversa se pierde cualquier sentido de lo que ocurre, nada tiene lógica. ¿Quién va al médico para sentirse peor después? ¿Quién abandona a la pareja justo en el momento de mayor martin-amis-tiempoenamoramiento? En un sentido u otro, la vida parece un camino tortuoso e incomprensible al que nos vemos lanzados sin motivos ni guía.

En otros planos, me sorprende el desconocimiento de la obra de Pedro Mairal en este país. Aunque en algún momento la historia decaiga una vez se entienda el juego y se sepa el camino al que se dirige, solo por la ambición y por ser –que yo sepa- una historia única en su estilo dentro del género fantástico, merece la pena ser nombrada. Además, no está exenta de valor literario y supera con creces a la gran mayoría de autores de género en este aspecto. En cambio, de La flecha del tiempo, a pesar de su evidente calidad, no se suele considerar dentro de la temática fantástica, por lo que no forma parte del canon ni de los listados de novelas favoritas de los aficionados. Si es fantástico o no puede ser un interesante debate, en el que no me meteré, pero me parece bastante evidente que si esta obra la hubiese escrito un autor de género, digamos Philip J. Farmer, J. G. Ballard o Úrsula K. Le Guin, creo que muchos la alabarían sin problema. Quizá sea necesario revisar este enfoque para coger amplitud de miras y abrir el género de cara al exterior.

A nivel personal, he disfrutado de distintos modos el buscado sincronismo lector. Considero que son novelas muy notables, quizá más conseguida la de Martin Amis, y merecen ser tomadas en cuenta. No se acercan al concepto del tiempo que más me interesa, pero sí me han ofrecido una serie de reflexiones con las que no contaba. Al eliminar los guia-burros de las narraciones y centrarse en lo que se cuenta abren la puerta a volcar obsesiones personales en las historias y realizar lecturas que pueden resultar arbitrarias. Pero, al fin y al cabo, quizá la mejor literatura sea en ocasiones la que dice todo sin nombrarlo directamente.

ekaitzortega(arroba)gmail.com

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