La tierra permanece, de George R. Stewart

Debo reconocer que he vuelto a La tierra permanece tras leer esta crítica. Aunque guardaba un buen recuerdo de la novela, no me acordaba de la calidad prosaica del autor ni de algunos de los apuntes que realiza Alfonso García. Si hace unas semanas ponía pegas a la reedición de otra novela; en este caso, me animé a adentrarme de nuevo en la historia al comprobar que se ha vuelto a traducir y que cuenta con la calidad habitual de Gigamesh.

La tierra permanece habla sobre el fin de la civilización tras una enfermedad que acaba con la gran mayoría de personas. El protagonista es un científico que vive en plena naturaleza mientras se dedica a la investigación. Al volver a la ciudad descubre la catástrofe acaecida en su ausencia. La desolación, el vacío y las dudas sobre cómo actuar le asaltan. Él, siguiendo una mentalidad digna de su formación, se plantea cada acción desde un razonamiento basado en los principios científicos y alejado de cualquier capricho o sentimentalismo. A partir de este paradigma empieza el camino de Isherwood Williams, al que seguiremos en su envejecimiento, desde la soledad hasta conseguir formar una pequeña tribu/comunidad.

George R Stewart creó en 1949 una novela que funciona a dos niveles. Por un lado está el recorrido de los personajes desde la vida en una civilización que va apagándose lentamente hasta la vuelta a los trabajos manuales y a una estructura social improvisada por la situación. Cualquier cambio es estudiado en búsqueda de la mejor opción, como la idea de aceptar desconocidos o la de crear una religión para trasladar comportamiento moral a los más jóvenes. Quizá se imponen las ideas de un autor que parece buscar el conocimiento empírico en todo momento, pero tampoco hay ningún idealismo y no duda en sacudir a los personajes con las consecuencias de cada acto: no exite una solución correcta a los conflictos, sino distintos grados de acierto.

El otro nivel del que hablo se encuentra en su bella prosa. Lo que bien podía haberse convertido en una manual de supervivencia es una obra llena de adoración a la dicotomía de la creación y destrucción de los actos humanos. Mientras el entorno natural no deja de avanzar y es admirado, la hipótesis de una vuelta a lo salvaje no parece una perspectiva tan horrible, solo el acto natural que surge cuando, como no podía ser de otra manera, el ser humano acaba por perder su poder.

También queda un poso de respeto en el mensaje transmitido por George R. Stewart. Igual que el último poeta de una lengua que decide no escribir en otra para perdurar, el protagonista de La tierra permanece lucha entre la inevitabilidad de dejar atrás el pasado y la necesidad de mantener su cultura. Esta cultura es continuamente representada en la biblioteca de la universidad cercana y la máxima de salvaguardar su contenido. Pero él, el más sabio de su grupo, el intelectual que se convierte en gurú, trata con respeto ambas propuestas y no resta dignidad a ninguna. Isherwood Williams parece tener asimiladas las lecciones de las Meditaciones de Marco Aurelio (“Todo lo existente se desintegra y todo lo creado por la naturaleza está destinado a morir.”) y una vez perdido el miedo al futuro, es capaz de vivir un día a día calmo a pesar de los conflictos.

La extensión y sustancia de La tierra permanece son admirables. A pesar de no partir de una idea novedosa, la obra carece de los manierismos habituales. Quién sabe si por no estar escrita por un autor de ciencia ficción o porque simplemente dio con la perspectiva correcta, la novela es un ejemplar único que puede considerarse como gran obra de la literatura, independientemente del género al que se adscriba.

Personalmente, creo que era necesario recuperar esta novela y hacerla accesible al lector contemporáneo en una edición decente. Gigamesh ha realizado una labor encomiable y la traducción Lluis Delgado es enriquecedora y aporta una lírica que fluye por los párrafos alejada de la brusquedad de la edición anterior.

Me llama la atención la poca importancia que en ocasiones damos los aficionados a labores de recuperación como esta: novelas que aportan a las editoriales beneficios menores –cuando llegan a darlos- en comparación con otras novedades de dudosa calidad. Querer ofrecer dignidad al género y ayudar a que sea respetado pasa por mantener en el mercado y encumbrar obras de la calidad de La tierra permanece. Por mi parte, leer de nuevo esta novela ha resultado un inmenso y enriquecedor placer.

ekaitzortega(arroba)gmail.com

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