MacArthur Park, antes del fin del mundo

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MacArthur Park, la primera novela de Andrew Durbin, suena a redención. Bajo un calculado disfraz de metaliteratura, confesión y desahogo generacional, esta obra discurre entre el ensayo y la ficción mientras habla sobre relaciones sentimentales, desorientación vital y la obsesión con el fin del mundo. El autor es experto en arte y desde el primer párrafo marca un tono en el que se pueden observar las continuas referencias y la distancia que toma para explicar las circunstancias vitales del protagonista:

«Dos años después de que el huracán Sandy tocara tierra en Nueva York, Klaus Biesenbach, director del MoMa PS1, colgó en su popular cuenta de Instagram una imagen de la Estatua de la Libertad siendo derribada por una ola gigantesca extraída de la película El día de mañana, con la leyenda, “Hace dos años el #Sandy nos golpeó y demostró lo vulnerable que es la ciudad». Uno de sus seguidores comentó: «Estupenda captura de El día de mañana. Curioso que la gente crea que es real”».

Localizados en la primera página tono, tiempo y los esquemas culturales a los que hará continuas referencias, la novela parte del encierro en casa que sufre el protagonista Nick Fowler por la llegada del huracán Sandy y las consecuencias que sufre, como cortes de luz y aislamiento en una sociedad hiperconectada, que le provocan un trauma que le lleva a pensar en el fin del mundo de forma constante.

El recorrido que comienza con esta situación no se centra en el interior del protagonista, Andrew Durbin le da profundidad intelectual con breves anotaciones de pensadoras como Susan Sontag y referencias culturales que dan empaque a las paranoias personales. Desde esa base, en las trescientas páginas de la novela el lector se encuentra con los virajes personales del protagonista y vaivenes que le llevan a preocuparse por distintos temas.macarthur park andrew durbin

En este hilo conductor, el protagonista muestra interés por las sectas, desde las más conocidas a las reservas hippies para artistas. También conoce a numerosas personas, siempre de clase medio-alta como él, que son cercanas al mundo del arte en distintas facetas. Pero el protagonista quiere ser escritor y no sabe sobre qué escribir. Al igual que en tantos ejemplos que vemos en nuestras redes sociales, el afán por escribir un libro parece algo ilógico en quien piensa más en la obra publicada que en la escritura, pero tiene sentido al comprobar que se observa como una cuestión de prestigio. No es el único en esa situación, los poetas que han publicado en blogs o tienen manuscritos a medias también aparecen. La literatura en la novela es un modo de catarsis y una llave al mundo del artisteo, cuya crítica o mofa es sutil, o puede que solo esté en mi mirada.

Mientras tanto, Nick Fowler también cuenta sus encuentros sexuales con otros hombres. Sea en clubs o en relaciones más o menos estables, da rienda suelta a su promiscuidad y describe algunos actos con detalle. No existe afán de provocación en este ámbito de la novela, la narración es más clara y enumera el recorrido del protagonista con honestidad y una altura narrativa de mayor calidad que en otras áreas.

Entre las distintas partes comentadas toma forma MacArthur Park, una novela algo fallida por momentos y brillante en otros. Su mayor problema puede ser la entrada del lector en una ficción híbrida cuyo protagonista carece de personalidad interesante en la parte inicial. Conocemos sus miedos, el ámbito social y personal y sus ambiciones, pero no la profundidad afectiva real que se dibuja posteriormente en conversaciones y relaciones. Cuando menos habla y más actúa es en los momentos en los que mejor se le entiende.

La lucha contra el fracaso en la que se mueve el narrador le acompaña en cada aspecto de su vida: el libro que no escribe, los desencuentros personales, el fin del mundo que acecha… Hasta en el mismo final parece que no hay salida y que el pesimismo vital y generacional es inevitable. No se encuentra un tramo de luz que deje entrever que tras la odisea recorrida exista una meta en la que justificar sus actos. Quizá este punto es el que deja peor sabor de boca: la promesa narrativa que realiza en las 320 páginas de historia no se ve del todo resuelta para el lector.

Son numerosos los argumentos por los que MacArthur Park me ha interesado: es una obra eficiente que muestra una mirada perspicaz sobre temas de interés y que mezcla ensayo y metanarración de forma ambiciosa. Quedan otros elementos que restan valor a la obra, como los enumerados durante la reseña, pero, en su primera obra, Andrew Durbin logra los objetivos que se propone.

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