Stalker, de Arkadi y Borís Strugatski

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Existe un contraste entre la sensación que queda al leer Stalker y el texto de Borís Strugatski que acompaña a la edición de Gigamesh. Este último es un ejercicio de desmitificación donde cuenta el proceso de escritura que llevó a cabo junto a su hermano y algunos de los trámites para poder publicar la novela. En verdad, no resulta demasiado llamativo más allá de la tristeza que acompaña algunas de las partes, pero en el lector queda una duda aún más marcada sobre qué es realmente Stalker.

Durante los últimos años he intentado visitar a los hermanos Strugatski en lo posible. Con un buen número de libros inéditos en España y otros tantos mal traducidos, cuando no casi ilegibles, la labor que ha realizado Gigamesh y las breves paradas de Sexto Piso y Ediciones Nevsky han sido los faros a seguir. Entre todos ellos debo destacar Qué difícil es ser dios y Stalker, ambos con unas características muy cercanas en algunos frentes y que dejan cierta distancia para que el lector se forme el dibujo completo. Aunque debo reconocer que quizá en Stalker es donde veo mayor brillo en composición y fondo.

Hablo de la cercanía entre las dos novelas más conocidas de estos hermanos por varios factores que van más allá de sus historias. Están rociadas de una tristeza que se siente en cada personaje, a lo que debemos sumar la suciedad. Esta suciedad, mierda, se nota en los suelos llenos de barro, la piel con costras de los protagonistas, la pobreza a la que están predestinados y el polvo que se acumula en la saliva. Pero antes de seguir veamos de qué trata Stalker.

stalkerLos extraterrestres pasaron por la Tierra y se fueron, hicieron una parada, un picnic, en varios puntos y no se volvió a saber de ellos. La poca información que quedó es la basura que dejaron en su parada: piezas extrañas, metales y cambios en el terreno. Estas alteraciones son cambios físicos y biológicos que no obedecen a ninguna ciencia conocida y resultan muy peligrosos, tanto que entrar en esas zonas significa la muerte o importantes daños si no se tiene extremo cuidado.

Solamente los stalkers acceden a este terreno para coger objetos o como guías de otros intrusos. Su única brújula es la experiencia ganada y cierto instinto: saben que una grieta en el asfalto significa morir, que si notan el paladar seco hay que tumbarse con rapidez, no acercarse a telas de araña, algunos espacios evitar… Como las modificaciones que han sufrido en las zonas son incomprensibles, solo queda memorizarlas.

Los que vivían en esas zonas murieron con la visita de los extraterrestres, y los que lo hacen alrededor son seres marginales que no tienen a dónde ir a pesar de la presión que sufren para que emigren. Allí no hay nada que ver ni por lo que vivir y solo parecen existir tres trabajos que den ganancias: trabajar para el gobierno, tener un bar o ser stalker.

En ese contexto se sitúa la historia dividida en distintos actos, protagonizada por un personaje gris que podría ser cualquiera de los supervivientes. No es un héroe ni un funcionario, sino el mismo tipo de persona que se dedicaría al estraperlo en el franquismo. Es un stalker que domina el paisaje de un modo que seguramente no sería capaz de explicar. Pero la Zona, con mayúscula, no es el único peligro, también lo son los funcionarios que se encargan de vigilar las intrusiones no permitidas y perseguir cualquier transacción económica que parezca surgir de la venta de objetos extraterrestres. Dentro de la inmensidad que es el planeta, la entrada al infinito que suponen los extraterrestres y lo impreciso de la Zona que acoge mil realidades, parece que todo el universo se desarrollase en una diminuta caja donde gatos y ratones juegan a pillarse, mentir y destrozarse las vidas.

Durante la narración se encuentran algunos momentos en que toma presencia lo sobrenatural, pero siempre en segundo plano. Alguien habla sobre gente que hace cosas excepcionales o un muerto que vuelve caminando a casa, pero nadie parece darle demasiada importancia. Está claro que la Zona ocasiona cambios en las personas, pero es algo ambiental donde no se detiene la historia y solo parece incluirse para sumar complejidad y fricción entre Stalker y nuestra realidad.

Porque en Stalker no hay respuestas. Nadie sabe qué ocurrió con la parada de los extraterrestres o sus restos, todo parece detenerse en la zona y «la supervivencia de unos seres olvidados por un Estado ciego al sufrimiento de esos insectos que pululan entre los engranajes de la maquinaria«, como apunta Ignacio Illarregui en C. Los hermanos Strugatski quieren que el lector se quede con la sensación de enfrentarse a un hábil juego de espejos: se pasa a ser un simple testigo que no sabe más que los protagonistas ni logra encontrar una resolución a las tramas; lo extraño queda en la visita, la Zona, los stalkers y nosotros al abandonar la lectura.

En el texto de Borís Strugatski que he comentado, el autor narra los problemas que tuvieron para publicar la novela a pesar de no haber ninguna crítica a la Unión Soviética en ella. Pero tampoco halagos, se debe apuntar. En mi opinión, si yo tuviese la ignominiosa labor de censurar esta novela, sufriría miles de preguntas. La misma duda que le queda al lector al acabar la historia puede ser respondida como se desee. A pesar de situarse en occidente, en mi cabeza se desarrollaba en la Unión Soviética, y es evidente que los hermanos eran conocidos por su falta de complacencia hacia el sistema. Imagino al censor preguntándose qué están contando exactamente en Stalker y si debía frenar la publicación de la obra.

Pero la lectura avanza ágil y se lee sin ningún problema. Queda la convicción de haberse enfrentado a un gran libro: la alta literatura de los hermanos Strugatski muy bien traducida por Raquel Marqués. Sé que son tiempos complicados donde parece que todo juega en contra de algunos clásicos de ciencia ficción, sea por cambios sociales, libros mal envejecidos, traducciones nefastas, exceso de novedades y otros problemas. Pero leer Stalker sacude el cerebro como el contacto de una picana eléctrica y es un gran ejemplo de la maestría que a veces se da en el género al empujar al lector fuera de lo conocido, a un terreno distinto que siempre merece la pena recorrer, aunque en ocasiones se pierda la orientación.

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