Upstream Color, de Shane Carruth

Tras una larga temporada en la que la mayoría de películas de ciencia ficción vistas me han parecido entre mediocres y basura, en los últimos meses he encontrado dos más que interesantes: una de ellas es Her, ganadora del Oscar a mejor guión original; la otra Upstream Color. De Her se ha hablado mucho y muy bien, y casi todo con razón; en cambio, Upstream Color ha pasado por la cartelera con la esperada poca repercusión.

Algunos recordarán a Shane Carruth, director hace casi una década de Primer. Película que me dejó bastante frío, ya que estamos. Desde entonces no había vuelto al cine y, ahora, como en su opera prima, dirige, produce, escribe, fotografía, coprotagoniza… esta nueva obra de ciencia ficción. La película parte de una sencilla premisa: una mujer es obligada a ingerir un parásito que elimina su voluntad. Bajo el mandato del secuestrador vacía sus cuentas bancarias y le entrega todos sus bienes. Llena su tiempo libre trascribiendo a mano Walden, formando cadenas con folios cdoblados y bebiendo agua fría. Recupera su vida Cuando un extraño le hace un sangrado, extirpa el gusano que la posee y mezcla su sangre con la de un cerdo. No entiende lo ocurrido y sus actos empiezan a ser motivados por extraños impulsos que no comprende. Pronto se enamora de un hombre que parece haber sufrido el mismo percance.

O algo similar.

Como era de esperar, esta película no está dirigida para el gran público. La narración es enrevesada y carece de guiaburros. Es poco efectista, al igual que Primer, la contención marca el timing. Aunque sea una narración perturbadora y sensitiva, los actores se alejan del exceso, el ritmo es pausado y no busca asombrar, sino removernos, que el asiento se vuelva incómodo y abandonemos nuestra realidad para entrar en la película.

La coherencia narrativa de Upstream Color puede que no esté tan escondida, basta asimilar las ideas y pautas de comportamiento. Una década sin filmar es mucho tiempo, y cada escena rodada por Shane Carruth tiene su justificación. Creo haber encontrado mi lectura que explica todos los nudos, incluidos esos saltos temporales (3- adolescentes drogándose, 1-cerdos en saco diluyéndose, 2-plantas azules, 4-no encontrar más droga), pero en una obra tan hipnótica y lisérgica veo complicado llegar a un acuerdo con otro espectador.

Los minutos finales alejan la película del sobresaliente, una vez que se resuelve el conflicto, Shane Carruth -en esta película sí podemos señalar a una sola persona como culpable- decide darle cierta glucosa a la historia que, quizá, contrasta demasiado con el tono del film. Puede ser comprensible, quizá compasivo, pero no acaba de satisfacerme.

Imagino que la mayoría de personas que se acerquen a la película acabarán como yo lo hice con Primer: extrañados, aburridos, desinteresados. Pero esta vez encuentro más virtudes. Es arriesgada, inteligente, provocadora, hipnótica y más humana. O lo mismo no, no sé, pero tengo la sensación de que esta película se acerca más a nosotros y nuestra concepción de la realidad que obras como Gravity o Her.

(Entrada publicada el 11/05/2014 en mi anterior blog)

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