Dos amigos (1/2)

dos amigos

En noviembre de 2018 se publicó una preciosa edición de mi relato Dos amigos en el Patreon de Ediciones El Transbordador. Para quien no conozca la plataforma, es un espacio de micromecenazgo que permite suscribirse a distintas tarifas a cambio de regalos. A la hora de iniciar el proyecto, desde la editorial decidieron confiar en mi historia.

Dos amigos es el comienzo de la segunda novela que escribí, hace unos ocho años, y que no se publicó. Es un texto autoconclusivo y puede leerse como relato. En su momento planifiqué la novela en una estructura de 26 capítulos que narraban el recorrido de una familia. Cada capítulo era una pequeña historia, aunque solamente el prólogo tenía sentido de forma independiente.

Esta historia habla sobre el paso del tiempo, las relaciones, las promesas incumplidas y cómo afrontamos nuestro pasado en función de la perspectiva que elijamos. Al volver a él tras tantos años le di un buen lavado de cara, me avergoncé de algunas frases y entendí el motivo por el que la novela no se publicó en su momento. Aun así, también me confirmó que tiene ese algo que me gusta en una historia.

Quizá en un futuro vuelva a la novela y la corrija entera, en mi cabeza ya lo he hecho un par de veces. Veremos si me animo.

En este post va la primera parte, al final hay un link a la segunda.


Tras demasiado tiempo sin saber de él, cuando recibió la invitación de boda se sorprendió ante la novedad. Atrás quedaba el tiempo en el que su amistad fue tan fuerte y duradera que los acompañó durante una década. Un tiempo muy importante en la vida de Víctor, los años en los que dejó atrás la juventud y pudo dedicarse a los guiones tras sobrevivir gracias a un trabajo en una academia que no lograba más que deprimirlo.

Solían verse unas cuantas veces al cabo del año: tomaban cerveza en terrazas, iban al cine y hablaban sin parar sobre cualquier tema mientras recorrían la ciudad en largos paseos. El tiempo que pasaban juntos era de absoluta sinceridad, sentían libertad para profundizar en temas que les daría vergüenza hablar con otras personas. Lo antagónico de sus personalidades y la falta de otros puntos de unión aparte de su amistad —no compartían ciudad, amigos ni familia— ayudaba a ello.

Para Víctor fue la época de madurar y crear su vida; en Mariano una década que pasó sin aparentes cambios. El tiempo no consiguió apaciguarlo ni lograr que encontrase su camino. Parecía vivir en una agitación que reformulaba su situación personal a cada trimestre. Mientras Víctor avanzaba con tenacidad y trabajo, sustentado en un apoyo familiar que lo impedía caer, Mariano cambiaba de trabajo cada pocos meses, vivió en casa de sus padres, pisos compartidos, edificios ocupados y, alguna noche, en la calle. Incapaz de centrarse y controlar su cabeza, pasó por épocas alcohólicas y depresivas de forma periódica. Víctor sospechaba que también fue adicto a las drogas, en los últimos años no dejaba de ingerir pastillas cuando se veían, pero nunca preguntó.

Acostumbrado como estaba a las continuas desapariciones de Mariano, meses en los que no llamaba ni escribía, cuando llegó la definitiva no hubo despedidas. Simplemente un día se dio cuenta de que llevaba medio año sin noticias suyas y que no lo añoraba. Ya tenía novia y trabajo, no le apetecía escuchar sus problemas, pensaba que Mariano debía quedar atrás junto con su juventud.

Al recibir la invitación de boda pasó unos minutos leyéndola frente al buzón, asimilando el pasado que volvía. Resultaba sumamente irónico que Mariano, siete años más joven que él, caótico y ateo declarado, fuese a entrar en una iglesia para contraer matrimonio. No podría rechazar la invitación a pesar del tiempo que llevaban sin contacto, era consciente de la trascendencia del evento y lo importante que sería para él su presencia.

Decidió quedar con Mariano antes de la boda para retomar el contacto y así no presentarse al acontecimiento como un desconocido. Además, quería conocer a su nueva versión. Por momentos se sintió más amigo suyo de lo que había sido en el pasado.

La conversación que mantuvieron por teléfono fue breve pero llena de recuerdos. A pesar de las respuestas positivas y alegres, su voz seguía siendo igual de peculiar y reconocible. Volvieron a sentir la antigua complicidad y decidieron verse en Bilbao el domingo de aquella misma semana. Tanto había cambiado Mariano que prefería quedar en su territorio cuando antes eran contadas las ocasiones en las que optaba por su ciudad.

Su mujer se sorprendió y alegró con la noticia. No conocía a Mariano, pero bien sabía de la antigua amistad y, aunque Víctor parecía negarlo o haberlo olvidado, lo importante que fue para él en algunos momentos.

¿Tanto ha cambiado? —preguntó cuando le narró lo ocurrido.

Parece otra persona, es increíble.

Cinco años dan para mucho.

Son cuatro —corrigió—. Ya no esperaba volver a saber de él, hacía mucho que no pensaba en cómo estaría.

¿Qué fue lo último que supiste de él?

La última vez estaba muy mal, creí que se había vuelto loco, que un día aparecería su esquela en el periódico. Muerto en accidente de tráfico o —pareció resistirse a decirlo— suicidio. Sé que suena mal, pero no sabes cómo era por entonces.

¿Estaba deprimido?

Sí, mucho. Y se volvió demasiado críptico. A veces no sabía si hablaba él, su escudo, o si todo era una pose. Me superaba estar cerca y escucharlo. Traté de mostrarme más ausente para que no me salpicase. Creo que se dio cuenta de lo que sucedía y decidió desaparecer. Así era.

Hasta hoy.

Sí, hasta esto resulta típico en él, reaparecer de este modo.

Llegó el domingo. Frente a frente parecía que ambos tuviesen la misma edad a pesar de los años de diferencia. Mariano había envejecido mal, las arrugas en torno a los ojos delataban su vida. El atractivo de su cuerpo se había diluido y carecía de la fuerza que mostraba anteriormente en todas sus acciones. Había dejado algo atrás, pensó Víctor, parecía recién salido de una enfermedad. El apretón de manos fue suave, casi le dio miedo aplastar sus frágiles dedos. Sintió gran tristeza y remordimiento, pero hizo un esfuerzo por sonreírle. No se abrazaron como antaño.

Te encuentro realmente bien —comentó Mariano, que parecía contento de verlo.

No me puedo quejar.

Comenzaron a andar en silencio, como si necesitasen cuerda para iniciar el diálogo.

¿Ya tienes hijos? —preguntó Mariano.

No. Lo intentamos, pero Sonia tiene un problema y no podemos tenerlos.

Lo siento.

No te preocupes, lo pasamos mal pero ya lo hemos superado. Puede que adoptemos una niña el año que viene.

Es buena idea, siempre te he imaginado con una familia de libro, hasta con perro. Todos sentados junto a la chimenea.

Víctor sonrió. A pesar de lo apagado de su aspecto, el tono jugoso de sus palabras no se había diluido.

Todavía no, pero dame tiempo. ¿Tú cómo estás? La noticia de la boda me ha sorprendido muchísimo. ¿Tú casándote? Es como el fin del mundo —se rió.

Ya… Es una chica estupenda, he tenido mucha suerte. La conocí el año pasado. Es la mujer perfecta.

Mariano nunca había tenido problemas para encontrar pareja. Una vez confesó que se había acostado con más de treinta mujeres, un número que a Víctor le parecía desmedido, aunque viendo el éxito que su amigo tenía de joven no podía descartar la posibilidad de que resultase cierto.

Vivimos juntos desde hace meses, me he mudado a su casa. La verdad es que nos va bien, mejor de lo que jamás hubiese pensado. He cambiado de vida, me siento nuevo.

Víctor no se atrevió a preguntar qué había pasado en los años de ausencia, presentía que si lo hacía se encontraría con un reproche o, peor aún, su propia culpa. Sólo hablaron del presente. La vena creativa de Mariano se había extinguido y trabajaba limpiando un ambulatorio. Gastaba el tiempo libre en pasear por la ciudad y en una pequeña huerta que alquilaba a diez minutos de su casa en la que plantaba legumbres y verduras.

Nada especial —sentenció al resumir su vida—. Parece mentira en lo que nos hemos convertido.

Yo no me quejo —afirmó Víctor.

Fueron al nuevo domicilio de Mariano, el tercer piso de un pequeño edificio en un barrio obrero. Los vehículos se amontonaban mal aparcados delante del portal. Era de las zonas más baratas de la ciudad, aunque no parecía demasiado marginal. Las puertas eran pequeñas y los techos bajos, habían aprovechado al máximo el espacio. Su amigo se agachó levemente en un tramo de escalera.

A Mariano le costó controlar el pulso y meter la llave en la cerradura. Nada más abrir salió su mujer a recibirlos. Víctor la observó, le pareció de belleza superior a la media, incluso sin ser demasiado guapa. Llevaba el pelo moreno anudado y tenía nariz chata. Sus ojos fueron primero a escrutar el aspecto de su marido, luego se fijó en él. Se saludaron con dos besos.

Víctor, esta es Susana.

Espero que te guste el conejo —le dijo ella tras las clásicas frases de cortesía.

Claro, ¿a quién no?

Hace una salsa increíble —afirmó Mariano pasando a la pequeña sala de estar repleta de libros. Sobre las estanterías se acumulaban volúmenes de novelas, la mayoría con aspecto de ser de segunda mano. Susana se disculpó y volvió a la cocina.

Ya sé que te lo has preguntado —comenzó Mariano tras sentarse ambos en los sofás—. Se me nota.

¿Qué? —preguntó Víctor sin querer hablar de ello.

Mi aspecto, estoy hecho polvo. He estado desintoxicándome, salí hace medio año. Estuve ingresado un tiempo. Se me fue la mano y llegó un momento en el que era incapaz de controlarme, creí que me volvía loco —cogió aire—. Allí la conocí.

¿También estaba desintoxicándose? —preguntó intentando disimular su pesar.

No, trabaja limpiando las instalaciones. Es guapísima, ¿verdad? —Víctor asintió—. Me quiere mucho y se preocupa demasiado. Está todo el día recordándome que debo tomar la medicación. Se me suele olvidar. A veces no sé bien lo que hago, me pierdo en la calle o imagino cosas que no ocurren. Pero con ella estoy bien. O cuando trabajo en la huerta, eso también me relaja mucho.

No sabía nada.

¿Cómo ibas a saberlo? Desaparecí, no quería convertirme en una carga para nadie.

Desapareciste —repitió.

Me di por vencido, estaba viviendo de sueños. No te haces una idea de las cosas que hacía.

Supongo que no.

Te estoy muy agradecido por lo que soportaste, no puedo hacerme una idea de lo que debía ser aguantarme.

Víctor no pudo levantar la vista de la mesa, inmerso en sus propios sentimientos. Lamentaba haber ido. Qué diablos esperaba encontrar, se preguntaba. Antes era su amigo, de los mejores que tuvo, pero nunca fue de los que apuntaban a un final feliz. Cuando Susana los avisó de que la cena estaba lista se sintió aliviado.

Tal como le había comentado Mariano, era una estupenda cocinera y el conejo le pareció delicioso. Además era un encanto de mujer, extremadamente agradable sin llegar a resultar pesada. Durante toda de la cena estuvieron hablando ellos dos mientras Mariano removía la comida en el plato casi sin probarla, igual que un niño al que obligan a quedarse en la mesa hasta terminar. Echó en falta acompañar la cena con vino, pero imaginó que no tendrían en casa: era mejor evitar la tentación si Mariano se estaba medicando.

Ella se preocupaba con sinceridad por Mariano, lo atendía con paciencia y animaba a comer más en repetidas ocasiones, a lo que él asentía sin llegar a obedecerla.

Cuando Víctor sacó el tema de la boda no pareció que les hiciese demasiada ilusión, comentaron que era más un trámite necesario para contentar a la familia y poder solicitar unas ayudas al Estado. Lo avisaron de que la ceremonia sería muy familiar, con poca gente y contadas amistades.

Por mi lado sólo iréis once invitados.

No eres muy sociable —le recriminó Susana.

Doy fe —apuntó Víctor.

Disfruto de la soledad.

¿Ya no escribes nada? ¿No te apetece volver?

Hace años que no lo hago. Un día lo dejé y no volví a tocar un cuaderno. Me absorbía demasiado, le daba excesiva importancia cuando en realidad eran historias que no sabía llevar a donde quería y provocaban que me enfadase conmigo mismo. Y encima eran bastante malas.

No te creas, más bien eran originales. Tenían su gracia. Muy macabra, pero la tenían.

A mí nunca me has dejado leerlas —se quejó Susana.

No sabes lo que me avergüenzo de ellas, parece mentira que me publicasen alguna.

Si te las publicaban era por algo, ¿no? —preguntó Víctor, obteniendo una sonrisa de compromiso por respuesta.

Lo mismo da, no sé dónde estarán. Aquí el escritor siempre has sido tú.

Tras la cena charlaron cerca de una hora, hasta que Susana anunció que tenía sueño y ellos dos decidieron salir a tomar algo.

No volveremos tarde —tranquilizó Mariano a su futura mujer, que no parecía convencida con la idea de dejarlo marchar.

Yo ya no tengo aguante —aseguró Víctor.

Y los bares cierran en un rato.

Fueron en dirección a la zona de bares del barrio mientras charlaban sobre amigos de Víctor a los que Mariano conoció. Casi todos seguían solteros y ya no mantenía contacto con ellos, perdió el interés en sus vidas una vez se mudó a vivir con su mujer y dejó de salir los fines de semana.

Yo nunca te hablaba de mis cosas —comenzó a hablar Mariano. Parecía el día en que descorría las cortinas que tanto habían ocultado su vida. Pidieron sendos cubatas en el primer bar que encontraron. Víctor se acordó de la medicación demasiado tarde, pero prefirió no decir nada: no era su responsabilidad—. Me daba vergüenza hablar de mis problemas. Era tan patético, siempre con historias familiares y mis trapicheos. No sabes las tonterías que hacía.

Algunas saltaban a la vista. —Empezó a encontrarse incómodo, sin saber qué decir.

Probé de todo y traté mal a mucha gente. Era un cobarde orgulloso. Con las chicas me gustaba que me llegaran a querer y luego romperles la esperanza mostrándome indiferente cuando querían la relación avanzase.

Ana lo pasó mal —recordó.

Esa es la única que conociste de verdad, pero hubo muchas más. Todo lo hacía mal. Me arrepiento muchísimo.

Bueno, con nosotros no eras así.

No, porque os mostrasteis demasiado buenos desde el primer día. No podía joderos, os tenía cariño.

No le des tanta importancia.

No sabes lo loco que estaba. No lo sabes.

Todos nos creemos locos cuando somos jóvenes.

Al acabar la segunda ronda Mariano parecía estar borracho: balbuceaba y se tambaleaba con torpeza.

No te haces una idea, nadie se la hace. No sabes lo mal que estoy.

Estabas —le corrigió Víctor, que ya pensaba en irse.

No, ven conmigo.

Salieron del bar y lo siguió mientras hablaba entre dientes.

Te voy a enseñar el lugar donde crecí. Está cerca.

Anduvieron entre calles hasta llegar a una plaza en la que dos barrenderos limpiaban el asfalto. Estaban en medio de un pequeño campo de fútbol, en cada extremo había una portería clavada al suelo. Las líneas que lo delimitaban desaparecieron tiempo atrás.

Vine aquí casi cada día hasta los quince años. —Se adelantó unos metros hacia la portería más cercana—. ¿No lo ves, verdad?

¿El qué?

Se volvió hacia él, Víctor descubrió que su amigo temblaba:

Al hombre, en la portería.

Observó a Mariano, la portería, las bolsas de basura mecidas por el viento, el edificio de atrás.

No veo nada. Creo que estás borracho. No deberías haber bebido si te estás medicando.

Antes siempre estaba allí. Un hombre que paseaba por delante de la portería. Ya no está, pero todavía me da miedo pasar por aquí, por si vuelve a aparecer. Estuve viéndolo cada tarde, pensaba que mis amigos me tomaban el pelo cuando decían que no había nadie. Luego descubrí que estaba loco, que tenía imaginaciones.

No me tomes el pelo. No te creo. —Aunque lo cierto es que estaba aterrado. Le daban miedo sus confesiones, no quería saber más—. Déjalo ya, por favor.

Nadie lo veía. No sabes lo que es tener estos ojos.

Mariano lloró sin dignidad alguna.

No te preocupes, vamos a casa.

Marcharon en silencio y sin cruzar palabra. Al dejarlo en el portal se despidió con rapidez.

Anda, acuéstate y que Susana no te vea así.

Estuvo deprimido los días posteriores a la visita y su mujer también se apenó cuando consiguió que se lo contara.

¿Crees que estaba tan borracho como para inventarse esa historia?

No lo sé. Con Mariano nunca he podido discernir entre lo real y lo inventado.

¿Sigues queriendo ir a la boda?

No, no quiero, pero es lo que tengo que hacer. Vayamos, pasemos el día lo mejor posible y olvidémonos de esto para siempre.

La ceremonia fue sencilla y plácida. El ambiente que se respiraba era de alegría por parte de los invitados y el matrimonio aparentaba ser más encantador de lo que había esperado. Mariano parecía haber engordado unos kilos en los dos meses que habían pasado desde la visita. Tenía mejor aspecto y se podía intuir parte del atractivo olvidado. Susana iba preciosa con el pelo recogido y el vestido blanco, nada ostentoso pero aun así bonito. Víctor fue incapaz de contener las miradas a su escote. Cuando presentó a Sonia, Mariano mostró mucha alegría y la abrazó para darle dos besos.

¡Eh! Que tú ya tienes una mujer —bromeó Víctor, que llevaba unas cuantas copas de vino encima.

Las pocas conversaciones que cruzaron obviaron lo ocurrido en el campo de fútbol. Víctor llegó a plantearse si se acordaría de ello.

Al conocer a los pocos familiares de Mariano se encontró con gente silenciosa de mirada sería, en contraposición con los de Susana, más dicharacheros y bebedores. Observándolos comprendió por qué Mariano tenía aquella personalidad. Lo compadeció. No creía que nadie pudiese vivir una infancia alegre rodeado de aquellas personas. La madre observaba con severidad cuanto le rodeaba. Su voz era potente como un bombardero y Víctor tuvo la sensación de que intentaba hablar sin decir palabras malsonantes para mostrarse respetuosa con la ceremonia. Nadie se presentó como su padre y al preguntar a su mujer, esta le respondió que tampoco sabía quién era, quizás estuviesen separados o hubiese muerto.

Cuando finalizó la sobremesa y llegó el momento de desplazarse a un bar cercano, Víctor y Sonia aprovecharon para despedirses. Se aburrían y llevaban tiempo esperando el momento idóneo para marcharse sin causar mala impresión.

¿Ya os vais? —les preguntó Susana, cuyo moño se había soltado permitiendo que el pelo levemente rizado cayera libre por su espalda. El alcohol teñía de diversión sus palabras. Víctor buscó a Mariano con la mirada, lo encontró sentado hablando con sus familiares, el semblante sereno confirmaba que no había probado el alcohol.

Sí, tenemos más de una hora de viaje y estamos muy cansados. Además Víctor tiene un proyecto importante entre manos y no puede distraerse demasiado.

¿No hay forma de convenceros para que toméis una? —insistió. Pensamientos adúlteros sobrevolaron la cabeza de Víctor.

No, en serio. Lo hemos pasado bien, pero tenemos el viaje de vuelta y estamos hechos polvo.

Bueno, como veáis. —Los besó a los dos—. Tened cuidado con el coche.

No te preocupes.

En el viaje de vuelta Víctor meditó sobre aquel matrimonio mientras su mujer dormía con la boca abierta en el asiento del copiloto. Pensó que era una pena que aquella mujer tan espectacular no fuese consciente de su equívoco, con un peinado distinto y cuidando un mínimo su forma de vestir, bien podía tener al hombre que quisiese. Debía estar muy enamorada para dejar a un lado las ambiciones de encontrar un buen partido y quedarse con Mariano, cuyos defectos y falta de futuro eran más que evidentes. No encontró decepción en las miradas ni comentarios de sus familiares, pero debía existir. Tomar aquella decisión conllevaba tener que convencer a los demás de que no era un error.

No sabía cómo le funcionaba a Mariano aquella combinación de despreocupación y despecho al hablar con las mujeres. No las trataba con cariño y, como respuesta, ellas parecían pelearse por captar su atención. Aunque era cierto que el físico lo acompañaba, la respuesta que daban a la forma en que eran tratadas no dejaba de sorprenderlo e indignarlo por igual. Lo enfadaba la baja estima que se debía la gente a sí misma para reaccionar de una forma tan sumisa. Al final lo había conseguido, se había quedado con una mujer estupenda.

Volvía a sentir celos de él, siempre le había irritado su capacidad para conseguir lo que deseaba. Sabía que lo único que siempre se interpuso en el camino de Mariano eran los límites que él mismo se imponía.

Ahora ya estaba casado, se habían vuelto a encontrar y ese era el mejor final. No volvería a ponerse en contacto con él, no deseaba saber nada más de su vida. Si Mariano quería quedar alguna vez; le respondería con excusas hasta que dejase de insistir. La ventaja de vivir en ciudades distintas eliminaba la posibilidad de encontrarse. Cuando llegaron a casa ya había tomado la determinación.

Su mujer despertó al entrar en el garaje y le acarició la cabeza mientras llegaban a la plaza de aparcamiento. Subieron a casa sin decir palabra y, tras turnarse en el cuarto de baño, se metieron en la cama. Sonia volvió a dormirse al instante y Mariano se quedó despierto, degustando el descansar las piernas sobre el colchón, sintiendo que había eliminado un problema más de su vida.

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