Un turista en las librerías de La Habana

librerias de la habana

Recupero este artículo que se publicó en El Salto en el número de diciembre del 2017.


 

Uno de los elementos más destacados al visitar Cuba lo encontramos en el acceso a la cultura que tienen sus ciudadanos. Más allá de multitud de aspectos socioeconómicos, ver que en octubre de 2017 el gran estreno de un cine es la película española 1898. Los últimos de Filipinas o que en las discotecas suena música que no conoces es sintomático de una particularidad estructural. Luego está la burbuja de las librerías.

Un primer detalle de interés para quien no haya estado en Cuba es saber que existen dos economías: una en pesos cubanos (CUP) y otra en pesos cubanos convertibles (CUC). La primera es la moneda nacional que usan los cubanos y con la que se puede pagar en los comercios y bares de cualquier calle. En cambio, el CUC es la moneda turística que se maneja en los espacios para extranjeros: hoteles, restaurantes, tiendas de recuerdos y toda la industria creada alrededor del turista. Como extranjero puedes acceder a ambas, aunque el CUP es más complicado de cambiar e inútil en los locales turísticos. Te ves empujado a usar CUC. Consecuencia: sin esa moneda no accedes a la realidad cubana, vives en una burbuja. Estás sin estar.

La zona con mayor concentración de librerías en La Habana es la calle Obispo, situada en una de las áreas más turísticas de la ciudad. Cercada para los cubanos que ofrecen taxi y puros a los turistas a cada paso, tiene mercadillos de manualidades, restaurantes, cafeterías modernas y multitud de paseantes extranjeros, en su mayoría sudamericanos y alemanes. Esta calle, en la que hay al menos cuatro librerías, acaba en la Plaza de Armas, conocida también por sus puestos de libros. Aunque en los días de mi visita no vi ninguno.

Hay que diferenciar entre las librerías estatales y las librerías privadas. Basta con entrar en cualquiera de ellas para distinguir al instante si es de una clase u otra. Las librerías estatales son espacios amplios, con pasillos y estanterías que se asemejan a lo que estamos acostumbrados a ver en España en ferias o bibliotecas de colegios, transmiten sensación de espacio desangelado. Las privadas cuentan con locales más reducidos y montañas de libros.

 

Librerías estatales

En la primera librería que visité, situada en uno de los puntos más transitados de la ciudad, no entró ningún otro cliente durante los veinte minutos que pasé dentro. Era un espacio amplio, de baldosas blancas, expositores con polvo, pasillos anchos y estanterías metálicas con los libros tumbados bocarriba, incómodos de ver para el cliente.

La dependienta de la librería ni me miró en el tiempo que pasé dentro. No vi ningún libro de los autores cubanos más conocidos en España. Al preguntar qué era lo más vendido, la respuesta de la dependienta fue: “Lo más vendido es lo que hay en las mesas”.

También consulté si tenían alguna obra de Leonardo Padura, y negó sin levantar la mirada. Tras explorar el espacio, opté por comprar la antología de una autora cubana. Uno de los libros supuestamente más vendidos. Al pagar me dijo el precio en CUP. Como todavía no tenía esa moneda, tras un molesto debate, pagué un CUC. Menos de un euro, pero un precio mucho más elevado del real.

Al salir, junto a la caja observé un único libro extranjero: El sirviente de los huesos en segunda mano. Una obra menor de Anne Rice, la autora de Entrevista con el vampiro.

La segunda librería estatal que visité era más grande. En el escaparate, grandes letras serigrafiadas a saber cuándo anunciaban algunos autores: Trotski, Chomsky, Kierkegaard, Cicerón, Jodorowsky… El espacio de dos plantas estaba muy desaprovechado por el escaso número de libros. Al rato de pasear por el interior me di cuenta de dos detalles: muchos de los libros estaban repetidos en distintas secciones de la librería y no encontré por ningún lado obras de los autores anunciados en el escaparate.

Una de las cosas que más me llamaron la atención fueron los libros con objetivo de advertir algún mal. Encontré novedades que narraban los problemas inherentes al consumo de alcohol y sobre los peligros que se pueden encontrar en las redes sociales e internet.

En general, había multitud de obras de autores cubanos desconocidos para mí, y novelas y antologías premiadas en certámenes nacionales. Aunque en esta segunda librería también se vendían libros extranjeros. Los más abundantes, ensayos sobre la resistencia hispanoamericana: Venezuela, Chávez, Colombia y temáticas revolucionarias en general.

Aunque no vencían a lo que podemos llamar novedad internacional, además se podían comprar novelas de ficción conocidas: Las intermitencias de la muerte, de José Saramago; El maestro y Margarita, de Mijail Bulgákov; El halcón maltés, de Dashiell Hammett; o a la española Belén Gopegui y su Acceso no autorizado. En ninguna vi obras de Guillermo Cabrera Infante, Wendy Torres o Leonardo Padura.

 

Comprar a Padura en La Habana

En distintas librerías estatales pregunté por obras de Leonardo Padura y siempre me contestaron que no tenían, de forma automática, sin consultar existencias. El escritor cubano más famoso, crítico con la política de la isla, no se vendía en las librerías que visité.

Algunos cubanos me contaron que antes era muy complicado conseguir sus obras en la isla y que entraban ejemplares en maletas a través del aeropuerto. También me hablaron de un misterioso camión cargado de ejemplares de El hombre que amaba a los perros que fue robado cuando se dirigía a una feria del libro.

En una de las librerías privadas encontré ejemplares de tres libros suyos. Ninguno era la biografía de Trotski. Al observarlos, comprobé que tenían portadas de la editorial Tusquets, pero que claramente eran ediciones pirata: formato más pequeño, letra no habitual en publicaciones profesionales, impresión y encuadernación de baja calidad…

En cuanto al precio de esas novelas detectivescas de Padura, entre 12 y 15 CUC, lo que vienen a ser de 10 a 13 euros. Prohibitivo para los cubanos, en moneda que no usan y muy caro para extranjeros en comparación con los demás productos.

Las librerías privadas tienen unos precios inaccesibles para la mayoría de cubanos, normalmente superiores a los 10 CUC. Para hacerse una idea, un helado en un puesto callejero puede costar setenta veces menos que uno de los libros más baratos.

Las librerías están situadas en zonas turísticas y este es su público objetivo, algo que se puede ver en el precio y el stock. Un libro para extranjeros en Cuba es un libro sobre el Che Guevara o Fidel Castro. La mitomanía sobre el guerrillero asesinado en Bolivia se vende en libros, biografías, fotografías, posters, imanes, etc. Sin lugar a dudas, es la temática de la que se pueden encontrar más productos a todos los precios, desde lo que sería un libro de bolsillo en España a caras y voluminosas biografías.

En estas librerías el precio aparece en CUC y se pueden comprar más obras extranjeras. A cambio, hay poca ficción escrita por cubanos. Ocupa lugar de honor el héroe José Martí con sus Versos sencillos. También encontré algo de Alejo Carpentier, del colombiano Gabriel García Márquez y alguna obra soviética de clara tendencia ideológica como el clásico de Gorki La madre.

Existen innumerables diferencias con las librerías estatales, la primera de ellas es que se acercan más a lo que consideramos una librería de segunda mano, llena de volúmenes con los lomos magullados que se aprietan y elevan por las paredes.

Lejos del inquietante vacío de las estatales, en éstas parece que falta espacio para guardar lo que se acumula, algo en lo que también influye que el espacio del local es más escaso y que los pasillos son incómodos de pasar si llevas mochila. Otra diferencia es la calidez —esta vez sí— de los libreros que te hablan y camelan con la verborrea necesaria en cuanto escuchan tu español. Y, por supuesto, saben lo que tienen en cada estantería.

En cuanto a los libros que se vendieron en el tiempo que estuve en ellas: tres obras sobre el Che Guevara. Además, escuché una discusión sobre cuál es su mejor biografía. Supongo que, visto el público y el contexto, no quedaba otra.

La invisibilidad de Raúl Castro

Tiempo atrás leí que los dos libros más vendidos en Cuba el año pasado fueron la novela 1984 de George Orwell, publicada por primera vez en el país; y Raúl Castro. Un hombre en Revolución, de Nikolai S. Leonov. No vi ninguno de ellos en las librerías que visité. Sin conocer los motivos de la falta del libro de Orwell, quién sabe si estaba agotado o expuesto en un ángulo que no percibí, me parece más curiosa la ausencia de Raúl Castro de las librerías.

En la creación de héroes que se asocia a un país como Cuba, es llamativo que, tras más de un lustro en la primera línea del poder, no haya visto ningún libro dedicado a fortalecer la imagen de Raúl Castro. Ni fotografías, ni ensayos, ni apenas menciones, siquiera en el Museo de la Revolución. Pasear por algunas zonas de La Habana y sus exteriores es ver pintadas y carteles con Fidel Castro o el Che Guevara lanzando mensajes al pueblo, incluso algunas de Camilo Cienfuegos.

¿Dónde está Raúl?, te preguntas a los diez minutos de salir del aeropuerto y ver desde el coche numerosos mensajes revolucionarios. A la imaginación de cada uno queda si se debe a la modestia del líder que alegan algunos o a la poca importancia histórica del mandatario que comentan otros.

Pasear por las librerías de Cuba es adentrarse en espacios ajenos. Por mucho que recorras unas u otras, tienes la sensación de que no estás actuando como un cubano, que eres otro turista desinformado en busca de una lógica que no alcanzas.

Queda un último pensamiento sobre que quizá la solución a un acceso restringido a la cultura se encuentre en los cubanos que se reúnen en las plazas con wifi. A través de unas tarjetas prepago, nacionales y extranjeros pueden acceder a la red para leer, investigar, informarse y comunicarse con los conocidos que están fuera. Otra vía para llegar a la cultura, quizá más libre.

 

ekaitzortega(arroba)gmail.com

1 Comment

  • Responder mayo 4, 2018

    manuti

    Estuve allí en 2003 y fue una de las cosas que me sorprendió. Luego en la Plaza de Armas había cosas interesantes de segunda mano pero muy caras. Cuba es otro mundo.

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