Luther: ciudad y depresión

Hace varias temporadas que me pregunto por qué me gusta Luther. Una vez pasadas las historias más interesantes y con la decadencia que se puede comprobar en la suma de capítulos olvidables, disfruto la serie del mismo modo que puedo ver una película de acción sin escuchar los diálogos o secuencias de terror situadas en mansiones sin que me importe el contexto. No es un placer intelectual, es goce estético.

Lo que veo en las últimas temporadas de Luther no son las investigaciones de los protagonistas ni los crímenes, es Londres. La serie se ha transformado en puro ambiente que invade cada frase y gesto de los protagonistas, oscuridad que ha dado forma a la ciudad. Londres es un monstruo, el terreno de un cuento de hadas en su peor momento y, ante todo, una derrota.

En la última temporada se puede ver cómo el control policial y las miles de cámaras que invaden la ciudad no sirven de nada, los asesinos existen y ya actúan por el simple placer de causar dolor. Cabe valorar si al haber situado de forma definitiva el mal en las clases altas se refleja la derrota de la ilustración en una sociedad de verticalidad tan pronunciada.

En Closer, el personaje interpretado por Clive Owen afirma que no le gusta el centro de Londres porque se ha convertido en un circo. En Luther, Londres es una pesadilla con demonios, hechizos que solucionan los problemas, personajes que vuelven de la muerte y un héroe que al final nunca lo es tanto.

La depresión ha hecho mella en entorno y guion. Se encuentra en la mirada de los policías, sin ella no se puede vivir y acaba con todos los que no la sufren. La solución a los problemas pasa por el dolor y el trauma, pero esto no es tomado como algo negativo, porque la realización de la serie trata de hacer belleza de la oscuridad. Todos los fondos son bellos, las sombras de la ciudad forman poesía y los recovecos donde se esconde el mal se ruedan con la adormecedora parsimonia que son capaces de transmitir los mejores productos audiovisuales.

Luther demuestra que la depresión es algo más estético que narrativo. Las historias funcionan o no, pero están teñidas de ella y acaba por devorar a todos los protagonistas. Hace tiempo que da igual el resto de la serie, solo se puede disfrutar cuando se encuentra confort en el abrazo de la desesperanza.

Supongo que lo lógico es que haya una última temporada. Al igual que ocurre con los últimos segundos de Hannibal (obra en la que se encuentra cierta concordancia con esta) debe haber una catarsis que ponga fin a la oscuridad o a los personajes, cualquier otra salida carecería de sentido.

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